Guillermo Maccagno

Por Damián Giovino (@DamianGiovino)

Actor indispensable para la comunidad. Posee el loable cargo de Jefe de Cardiología de uno de los hospitales públicos más importantes de la ciudad: el Tornú. Comprometido de cuerpo y alma a sus pacientes y su profesión, pero jamás resignó un momento importante con su familia. De valores claros: predicar con el ejemplo y los hechos. Tuvo un tumor cerebral y debió aprender a volver a hablar. Humanizamos a Guillermo Maccagno, hombre que, pese a saber todas las grandilocuencias médicas, entiende que la vida son las pequeñas cosas.

En charla con ´Humanizados´, Alberto Crescenti, titular del SAME, y Juan Carlos Moriconi, Jefe de Bomberos de la Ciudad, coincidieron marcadamente en un punto: “Si no hubiera sido médico, hubiese sido guardavidas o bombero. Siempre me di cuenta y sentí que estaba en una posición de ayudar al semejante. Es algo que te nace y uno se entrega”. “Me gusta ayudar al otro, estar al servicio. La vocación de dedicar la vida al prójimo ya viene innata con uno. Si no hubiese sido bombero, habría sido veterinario, guardarpaques o algo vinculado a estar al servicio y cuidado del prójimo, el medio ambiente, los animales”.

-¿Siempre sentiste como algo innato la vocación por el servicio comunitario?

-Siempre tuve una vocación de servicio, me interesé desde joven en poder hacer algo por el otro y con el otro; no solo desde de lo teórico, sino desde lo práctico…desde el hacer. En el secundario, iba a un colegio católico, siempre me alistaba en los grupos juveniles que iban a la villa a dar una mano en diversos aspectos: clasificar remedios, construir una pared. También durante la etapa de juventud participaba de los grupos misioneros y me iba casi todo un mes, en enero, a un pueblito de Santiago del Estero llamado los Pirpintos; lo hice durante diez años.

– Y ¿Cuándo y por qué aparece tu deseo y decisión de canalizar el servicio a través de la medicina?

-Dentro de mi familia hay un montón de médicos, por lo que allí había una tendencia que podía llevar a seguir ese camino, al cual al principio me revelaba por no hacerlo. Inicialmente no quería saber nada con estudiar medicina, jugaba bastante bien al fútbol y mi deseo era ser futbolista. Luego sí, cuando tuve que decidir por una u otra cosa, elegí seguir la medicina. Me fui enamorando de la cardiología y lo sigo estando hoy en día. Me permite compartir la vida de otras personas; tengo pacientes de 30 años de antigüedad, hemos ido viendo juntos su evolución, barajando alternativas para su tratamiento, aceptando sus voluntades, afrontando hechos no gratos.

En muchas ocasiones, cuando dentro de una familia hay varios integrantes que realizan o realizaron una misma profesión, se induce sesgadamente a que el joven siga ese camino, sin reparar en si realmente es su deseo o vocación. Los mandatos familiares suelen ser uno de los peores karmas y presiones para alguien. Para un chico, omnipotente por naturaleza, cuanto más se le quiere imponer algo, más lo rechaza.

-¿Quizá terminaste eligiendo la medicina, justamente, porque nunca te lo impusieron y te sentiste libre de poder escoger el camino que quisieras para tu futuro?

-Así fue. Mis padres jamás me presionaron para que siguiese ni medicina ni nada en particular. Me inculcaron que fuera una persona de bien y que sea feliz. Nunca me bajaron línea, pese a la tendencia médica en la familia. Elegí la medicina siendo absolutamente libre en mi elección.

-Por tu profesión, al estar en constante contacto cercano con la muerte y enfermedades, ¿te hace valorar más la vida, en las pequeñas cosas, en el milagro de levantarse cada mañana y tener un nuevo día para vivir?

-Me considero un dichoso de poder tener muy claro esto que estás marcando. Lo aprendí a los golpes por diversos episodios en mi vida personal, no solo por lo vinculante a mi profesión. Cuando tenía cerca de 30 años, mi padre, al cual adoraba, fallece de muerte súbita, no tuve oportunidad ni de despedirme de él en vida. Cuando mi hija tenía 15 años, se le presentan tumores de mama, teniéndola que operar tres veces y en cada operación esperar luego para saber si el tumor era benigno o maligno. En 2017 a mí me detectaron un tumor cerebral. Todas esas cosas me hacen valorar la vida en el día a día, en el momento a momento. Intento no solo valorarlo para mí, sino transmitir el mensaje para genera un efecto multiplicador, nada que uno se quede para sí mismo sirve. Busco generar conciencia en el otro de que, así como a mí me pasaron esas cosas, le puede pasar a cualquiera, por lo que hay que valorar permanentemente las pequeñas cosas, porque en esas pequeñas están las grandes cosas de la vida… lo demás es todo pasajero y superfluo.

-Contamos ese episodio del tumor en la cabeza y las posteriores consecuencias…

-En 2017 al volver de un viaje me hago una resonancia magnética y yo mismos cuando veo el resultado me doy cuenta que tenía un tumor en la cabeza.  Fui rápidamente a ver a mi neuróloga y al neurocirujano, y me aconsejaron una intervención quirúrgica inmediata. La cirugía se complicó mucho más de lo previsto con meningitis, meningoencefalitis, me operaron tres veces con riesgo de muerte. Estuve dos meses internado, uno de ellos en terapia intensiva. Salí con 16 kilos menos y sin poder hablar ni caminar; lo más feo de todo es que yo estaba consciente de todo eso y mis conocimientos médicos me hacían pensar que de esa no iba a salir más. Comencé con ejercicios de recuperación feroces. Tiene que haber un Dios, buenos médicos, una familia y amigos que te apuntalen, pero tiene que haber una fuerza de voluntad propia de fierro… sino, no salís adelante. Me levantaba todos los días a las cinco de la mañana y hacía mis ejercicios neurocognitivos en la computadora, después salía a caminar, escuchaba música y trataba de repetir, iba a talleres. Tuve que volver a aprender, por ejemplo, para qué sirve un celular, porque no te lo sabía decir. Un día comencé a sentir mucha más confianza y redoblé la apuesta y fui teniendo avances paulatinos. A los dos años, estando muchísimo mejor, comenzó la pandemia, con el terror que generaba el virus, pero sentí que mi vocación me llamaba y que, si había hecho tanto esfuerzo para recuperarme, tenía que ir al hospital a hacerle frente a la pandemia y mi familia me apoyó. Cuando afronté la operación sabía que, si me tocaba morir, me iba a ir en paz con mi vida y eso es lo importante.

Pocas personas dentro de una sociedad tienen más empatía y sensibilidad hacia el prójimo, y piensan más en el otro que en un médico, entregando su vida al servicio de los demás. Pero, a la vez, es un oficio en donde hay que tener mucha frialdad, carácter, ser muy fuerte de personalidad sabiendo que en tus manos depende el futuro de una vida, manteniéndose entero mental y espiritualmente.

– ¿Cómo se logra ese equilibrio para generar empatía con el paciente, pero manteniendo la frialdad para estar lúcido en la toma de decisiones y, sobre todo, para que no te afecte en tu vida personal?

-Justamente el otro día la hermana de la pareja de mi hija, que estudia medicina, quería hablar conmigo, porque estaba en una situación angustiante ya que vio cómo se moría una chica en la guardia de un hospital y sentía que los médicos de turno presentaban cierta frialdad al respecto, que no hicieron todo lo que tenían que hacer. Le expliqué que los médicos no recibimos una formación ni tenemos una materia para ser más o menos empáticos, eso queda en cada uno según la forma de ser. Uno a lo largo de su carrera va tejiendo una coraza. Nadie te educa para aceptar la muerte ni la enfermedad ni que un paciente no quiera seguir un tratamiento, el médico está educado para curar. Mi especialidad convive mucho con la muerte. Yo soy el que inicia una reanimación cardiopulmonar y que tiene que dar la orden de dejar de reanimar, y son decisiones muy difíciles de tomar. Uno no es omnipotente, y el resultado también depende del paciente, por eso me tengo que ocupar de que la parte que me corresponde hacerla de la mejor forma y si luego el resultado no es el que esperaba (el paciente fallece o enferma peor), lo voy a sentir, pero no me voy a morir por ello si estoy en paz conmigo mismo. A mí siempre me gustó la emergentología, y en una guardia no podés llorar por un paciente, porque ya te están trayendo a otro.  

-Debe ser fundamental tener vías de escape donde canalizar y expandirse: aficiones, hobbys.

-Es totalmente fundamental que uno se dedique tiempo de esparcimiento. Hacer algún deporte, compartir momentos con la familia. Yo juego al fútbol una o dos veces por semana y es un momento único porque en ese lapso de una hora mi cabeza no piensa en otra cosa que ver cómo lleva mi pie la pelotita. Busco tener esos momentos de relajación, de escuchar música, de cortar el pasto de mi jardín. Todas esas cosas te desconectan y eso te vacía un poco el ´placard´ para luego poder volver a llenarlo.

Es famosa una impactante anécdota del ex futbolista Nelson Vivas: un día le pidieron en la escuela a su hijo que haga un dibujo de su familia, y el chico no lo dibujó a Nelson porque no estaba casi nunca con él debido a su profesión.

-Con una profesión tan demandante, ¿te pasó de perderte muchos momentos con tu familia?

-No, me requirió muchísimo esfuerzo, pero logré siempre estar presente para mis hijos. No ha habido acto escolar o evento importante en que no haya estado. He corrido lo indecible, pero lo pude lograr. Tenía claro que mis hijos tenían que darse vuelta y verme. Eso hizo que hoy en día, en que mis hijos ya soy adultos, nos una relación muy estrecha y hermosa, cosa que me alaban todos mis amigos y me llena de orgullo. La medicina no me alejó de mis hijos, es difícil, pero hay algunos secretos: nunca me interesó ser el cardiólogo número uno ni el más famoso, que requiere tener que ir a poner la cara en ciertas reuniones de la sociedad que en realidad no te aportan demasiado… el tiempo es uno solo y prioricé a mi familia.

“Al médico hay que respetarlo, pero no tiene que ser soberbio”, aseveró Alberto Crescenti.

-¿Pasa que a veces el médico cae en el ´pecado´ de la vanidad?

-Lamentablemente existe, sobre todo en ramas como los cirujanos cardiovasculares, neurocirujano. He estudiado muchísimo, he hecho muchísimos cursos… entiendo que sé sobre mi profesión, sin embargo, siento que cada vez curo menos, pero que sano más. Es decir, la relación que mantengo con mis pacientes no sé si los cura, pero sí los sana. Hay que dejarlo expresar al paciente, que se saque todas sus dudas y que el médico le brinde todas las alternativas para que juntos elijan la mejor alternativa terapéutica, teniendo predisposición y amor por la tarea. Yo he mamado una medicina tradicionalista en la cual un doctor era el todo poderoso y si le decía al paciente que tome pis, lo hacía. No podés ser soberbio, porque no todo depende de vos.

-La Sociedad argentina ha tenido un retroceso atroz en cuanto a sus valores, totalmente tergiversados. El médico se expone a situaciones lacerante como que pacientes o familiares sean capaces de agredirlo. ¿Qué sentís al respecto?

La sociedad de hoy no es la misma en la que yo crecí y me eduqué. No es la misma en la que se criaron y se educaron mis hijos. Cuando vos vas con el auto a las ocho de la mañana y de atrás te tocan bocina por dejar pasar a una persona, ¿cómo no vas a creer que tus pacientes van a estar alterados, agresivos? Vivimos en una sociedad en donde los valores están trastocados y todos debemos involucrarnos para cambiar esa situación, pero parece que estamos esperando una situación mágica que caiga de arriba, cuando para que eso suceda cada uno desde su lugar debe hacer algo para modificar la realidad. Quedarse en la queja no sirve, hay que ver qué está al alcance de uno para cambiar.

“En este mundo de nuestro tiempo: mundo al revés, se recompensa al revés. Se castiga la honestidad, se desprecia el trabajo”, expresó el genial Eduardo Galeano. Mientras que un político corrupto sea millonario es algo normal, un médico tiene bajos sueldos, trabaja a destajo, más horas de las que le corresponden, en pésimas condiciones: hospitales públicos con falta de insumos e infraestructura de todo tipo, colapsados de gente.

En Charla con ´Humanizados´, Horacio Questa, reconocido cirujano pediátrico, ex Jefe de Cirugía del Hospital Garrahan, fue muy claro en un tópico que refleja lo podrido del sistema: “en este país, el médico está cumpliendo su labor todos los días, pero a la vez tiene que estar luchando contra un montón de cosas: lo económico, las malas políticas, el acoso de los familiares o de los mismos pacientes en las guardias. Me cansé de ver pacientes que comían una vez al día o que no podían venir al hospital porque no tenían dinero para el colectivo y al no venir la situación de salud se complicaba. Me ha pasado de decirle a un paciente y a sus padres: ´acá te dejo dinero para que puedas viajar, pero sí o sí vengan a la próxima consulta y control´”.

-Ser médico, naturalmente, es una labor de alta demanda y estrés, pero, ¿lo que realmente agota es tener que lidiar con todas estas cosas que exceden la profesión?

-Así es. A mí el ejercicio de mi profesión no me estresa, por el contrario, me gratifica; lo que sí me estresa, me cansa, me agota, me desgasta y mucho, es todo lo que estás mencionando. Por eso les digo a los médicos más jóvenes que está muy bueno que estudien lo que se dice en los congresos, que se ayornen con las últimas actualidades de la profesión, porque hay que estar bien formado, pero eso hay que bajarlo a la realidad con el paciente que tenés adelante. Hay que entender el contexto de un paciente que viene desde González Catán al hospital, en un viaje larguísimo, a las tres de la mañana, para intentar conseguir un turno, sin haber desayunado, sin saber si va a almorzar. Lo que uno haya aprendido hay que ejercerlo en esta realidad social de país. Cerca del 80% de mis pacientes consumen los medicamentos que yo les doy aquí, y que varía de mes a mes porque no siempre tengo la misma disponibilidad. Otros me han planteado que el dinero no le alcanzaba para todos los medicamentos que les receté, que les diga cuál era indispensable, porque los otros los iban a dejar. Esos momentos son muy difíciles. Argentina cuenta, en muchas disciplinas, con muy buenos profesionales, pero se los valora mucho más afuera que en nuestro propio país; es penoso. Cuando un Favaloro desaparece, lo lamentamos, pero cuando lo tenemos, no lo valoramos.

“El corazón, tiene una función muy noble y primordialmente importante: hacer circular la sangre por nuestro cuerpo. El corazón está dispuesto a latir durante 200 años, pero no hay cuerpo que lo aguante. El corazón ya hace bastante como para que encima lo hagamos responsable de nuestras desdichas sentimentales”, reflexionó alguna vez el gran Andrés Calamaro.

-Es verdad que vincular al amor con el corazón es un recurso y juego literario y poético, y no literal. Pero un corazón enferma por tristezas, resentimientos, frustraciones… sentimientos no canalizados correctamente.

-Claro que sí. En mis comienzos te mandaban a ver ´el apéndice de la cama tres´, ´la vesícula de la cama cuatro´, no le ponían nombre ni apellido, ni historia, ni familia a la persona en cuestión. Busco ejercer una medicina integrativa, multidisciplinaria, en la cual el paciente es un todo: un cerebro, un corazón, un pulmón. Es imposible que, si una persona está pasando una situación emocional difícil, no le repercuta en su salud: en un nivel cardiovascular, en su presión, en su frecuencia cardiaca. Cuando era residente e iba por la unidad coronaria les preguntaba a los pacientes que estaban allí por haber tenido un infarto, y el factor común en todos, al margen de que fumaban, era que habían sufrido recientemente un evento estresante. Está demostrado medicamente que lo emocional influye y mucho. Si alguien viene con palpitaciones, no se trata solo de darle un medicamento y ponerle un holter, hay que indagar en su situación personal para entender qué lo llevo a eso. Te diría que entre el 80 y el 90% de las consultas, son gente que necesitan que las escuches, solo el 10% realmente tiene una patología.

La medicina, la ciencia, la tecnología han tenido avances extraordinarios, sin embargo, en ciertos aspectos, los humanos parece que vivimos cada vez peor. Ya sea conflictuados desde el plano espiritual y mental, como mencionó el cabalista Mario Sabán: “la vida se ha alargado gracias a las posibilidades médicas que extienden la vida, pero de qué sirven que me den cien años de vida si no sé para que los voy a usar, no tiene ningún sentido”. O como alguna vez dijo el mítico Ernesto Sábato: “levantar edificios de 30 pisos para que vivan en cubículos de cemento niños que nunca van a ver una puesta o salida del sol, no es progreso. Las comunidades primitivas tendrían enfermedades, pero no necesitaban psicoanalistas, y no sé qué es peor: si leprosos o alienados. Al hombre lo han robotizado. Hay una carencia total de valores espirituales. La ciencia puede crear un puente, pero no puede enseñarte a vivir. El hombre conquistó el mundo de las cosas, pero ha terminado por transformarse también en una cosa”. Desde el plano estrictamente físico de la salud, parece ocurrir lo mismo. Un hombre que vivió toda su vida en el campo, en contacto con la naturaleza, de forma más rudimentaria, parece poco más que irrompible; mientras que aquellos que viven más aburguesados en una gran urbe con, aparentemente, todas las facilidades y comodidades, parecen ser cada vez más débiles, ´generaciones de cristal´. Como explica el doctor especialista en medicina preventiva, Diego Martinelli: “el problema no es un virus fuerte, sino un humano débil, que ha ido involucionando en su condición. Antes del virus el sistema inmunológico ya estaba ocupado en atender otras cosas por la pésima calidad de vida que llevamos”.

-¿Qué opinás al respecto?

-Tengo una lucha bizantina con ciertos ´avances´, que son lógicos y está bueno porque han servido para mejorar en muchos aspectos la calidad de vida de las personas, pero sirve si van acompañados de una visión humanística, en caso contrario, esos avances empiezan a ser contraproducentes. No estoy en contra de la inteligencia artificial, pero si el médico pasa a ver una computadora y deja de ver al paciente, no está ejerciendo una buena medicina; por más que la computadora tenga todo, no le hace bien al paciente. Tanta tecnología no has hecho perder sensibilidad y reparar en el par que tenemos al lado, nos ha alejado del resto de las personas. La calidad de vida no se genera solo con cosas materiales. La pandemia generó una tragedia enorme que fue el aislamiento social, nos dijeron que teníamos que aislarnos y mucha gente falleció sola como un animalito, además de los daños colaterales que generó esta situación: la falta de cariño tanto en los niños como en los viejitos. Un adulto mayor que se ve solo sin el cariño de su familia, deteriora mucho cognitivamente.

 

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